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Ni milagro ni fracaso: el partido que las narrativas se tragaron

Argentina no obró un milagro en Atlanta e Inglaterra no sufrió un colapso. La semifinal fue un duelo táctico que ambas prensas nacionales decidieron ignorar para alimentar sus propios mitos.

El Reportero · 16 jul

Lautaro Martínez
Wikipedia (es)

Veinticuatro horas después de la semifinal de Atlanta, el Mundial tiene dos relatos oficiales y un solo partido. En Buenos Aires, la remontada del minuto 86 y 92 es la enésima prueba de que esta selección tiene un pacto con la épica. En Londres, perder una ventaja en el último suspiro es un fracaso que deja a Tuchel contra las cuerdas. Las dos versiones son convincentes, emocionantes y profundamente inexactas.

Argentina remató 18 veces; Inglaterra, 6. La campeona defensora no ganó de milagro: ganó porque insistió, porque tuvo la pelota y porque Southgate, fiel a su manual, retrocedió tras el gol de Gordon y le cedió metros a un rival que castiga cuando respira. Durante 85 minutos el plan inglés funcionó. Pero resistir no es lo mismo que merecer, y el fútbol tiene la costumbre de pasar factura al que deja de jugar.

La prensa argentina, con Olé a la cabeza, convirtió el partido en una gesta heroica sin matices. La inglesa, desde la BBC hasta The Guardian, lo redujo a un colapso propio, omitiendo el mérito ajeno. Ambos relatos se necesitan mutuamente: uno necesita al villano que sobrevive 85 minutos para que la épica tenga sentido; el otro necesita al campeón que se desploma para que el dolor sea completo. Lo que sobra en los dos lados es el análisis táctico que explique qué pasó realmente entre el minuto 55 y el 92.

Mientras tanto, España observa con satisfacción contenida desde el otro lado del cuadro. Marca y AS cubrieron la semifinal con el interés de quien estudia a su próximo rival y la confianza de quien cree tener las respuestas. La Roja llega a la final de Nueva York con mejor fútbol, pero también con una advertencia implícita en lo que acaba de pasar en Atlanta: a Argentina no le hace falta jugar bien 90 minutos para ganar. Le alcanza con creer que puede hacerlo. Y esa narrativa, la que sus medios cultivan con devoción, es quizás su recurso más peligroso.

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