La épica tiene pasaporte
Inglaterra sufre y es heroica; Argentina sufre y es oficio sin brillo. La misma prórroga, dos relatos, y la desaparición instantánea de quienes llevaron a los gigantes al límite.
El Reportero · 12 jul

El sábado 11 de julio de 2026 nos dejó dos prórrogas idénticas en estructura: una selección emergente golpea primero, planta un bloque bajo impecable y obliga a un campeón del mundo a vaciarse para empatar. El gigante termina imponiéndose en el alargue por jerarquía individual y fondo de banco. El guion fue el mismo en Miami y en Kansas City. La forma de contarlo, no.
Inglaterra remontó a Noruega con dos goles de Jude Bellingham. La prensa británica y europea lo calificó como destino, gesta, épica. The Guardian elevó a Bellingham a figura providencial; Marca construyó la crónica alrededor del diez inglés como si el fútbol le debiera ese desenlace. Cuando Argentina hizo lo mismo ante Suiza (Mac Allister abrió, Ndoye empató, Julián Álvarez y Lautaro Martínez sentenciaron en la prórroga), las palabras cambiaron: oficio sin brillo, resistencia, sufrimiento estéril. L'Équipe, el más ponderado, igual tituló que Argentina ganó sin brillo pero con letalidad. La misma hazaña, dos adjetivos. El pasaporte del héroe decide si su triunfo es leyenda o trámite.
El segundo acto del doble rasero es el borrado. Noruega eliminó a Brasil en octavos de final. Suiza llegó a cuartos sin un solo gol en contra en rondas eliminatorias. Ambos equipos plantearon partidos inteligentes, con bloque bajo y salidas quirúrgicas, y pusieron contra las cuerdas a dos campeones del mundo. Apenas sonó el pitazo final, desaparecieron del relato. La cobertura mayoritaria los redujo a comparsas: Noruega fue la anécdota que Bellingham despachó; Suiza, el obstáculo que Argentina sorteó sin despeinarse. Ni un párrafo para el trabajo táctico de Stale Solbakken, ni una línea para la disciplina helvética que Murat Yakin construyó durante todo el torneo.
El margen entre potencias históricas y selecciones emergentes se ha reducido drásticamente en este Mundial, y las prórrogas del sábado lo confirmaron. Pero las redacciones siguen narrando el fútbol con el mapa de 1990. Cuando el gigante es inglés, la remontada es épica; cuando es argentino, es oficio. Y los que empujan desde abajo solo existen mientras incomodan. Después, el relato los devora y los escupe sin nombre. El fútbol cambió; el periodismo que lo cuenta, no tanto.
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